Análisis histórico de la figura de Benito Juárez
Guillermo Barrera Fernández
Cumplido el bicentenario del natalicio del político oaxaqueño, han corrido procelosos ríos de tinta encomiando su ejemplo y se han quemado ya toneladas de incienso elogiando sus virtudes, y cantándole loas sin cuenta, pretendiendo que Juárez representa la perfección encarnada y propugnando que un individuo análogo podría ser considerado, el ahora sí, tan esperado redentor de nuestra patria, el tan añorado reformador de los usos y costumbres de nuestra vida institucional y política que no se caracteriza, ni lo ha hecho nunca, por su extremada y completa pulcritud.
Los masones y los historiadores oficiosos proclives al pseudo liberalismo y a la óptica absolutamente jacobina de las páginas de nuestra vida nacional, nos presentan a Juárez como un espejo de valores cívicos y nacionalistas en el que deberían reflejarse todos aquellos seres que aspiren a ser tildados de progresistas y preocupados por el avance y modernización nacional.
La realidad dista mucho de semejarse a lo planteado anteriormente, Juárez fue un ser en el que confluyeron las circunstancias positivas y negativas inherentes al momento histórico en que le tocó existir, en quien hay que reconocer indefectiblemente las virtudes de perseverancia, disciplina, paciencia, constancia e inteligencia natural que lo hicieron descollar en el ámbito en que se desempeñó, pero que son muy distantes del estado actual de santo laico que gratuita e inmerecidamente se le ha endilgado.
No, Juárez no fue jamás el pastorcito humilde y bonachón que consiguió llegar a la primera magistratura a base de estudio, trabajo, lucha y esfuerzo. En absoluto. Fue en cambio, un hombre de partido habilidoso y ducho en el complejo arte de la intriga y el rumor, así como para desplazarse de manera siempre conveniente, en el resbaladizo terreno de la política nacional de aquel entonces y que sirvió o creyó servir, de manera eficiente y eficaz a los intereses que orientaron siempre convenientemente para él y sus intereses, su actuar y su conducta. Lo mismo sucedió con sus paniaguados, a los que nunca abandonó mientras prosiguieron externándole su adhesión.
Juárez representa, para buena parte de la clase política actual, la justificación e institucionalización de una serie de prácticas no siempre sanas ni adecuadas para el gran interés nacional, pero que son óptimas indudablemente para alguna facción en lo particular en la despiadada arena de la disputa del poder.
Juárez fue, sin duda alguna, un afortunado; supo ponerse en el lugar idóneo en el momento preciso. Hombre con nítida perspectiva y visión histórica, se dio a la tarea de construirse una imagen totalmente a su favor para la posteridad. Político con suerte, diestro para el oportunismo, se salvó de figurar como el traidor más vil y abyecto, merced a una serie de circunstancias que se confabularon a su favor de manera planificada o fortuita, pero que siendo de un modo u otro, revelan un espíritu perspicaz para aprovecharlas y utilizarlas en su beneficio.
Maestro supremo de la doblez que caracteriza a nuestros políticos contemporáneos, obraba en multiplicidad de ocasiones de manera contraria a su supuesto ideario, exponente máximo de la sentencia “La ley se acata pero no se cumple”, solía cantar frecuentes loas a la constitución y la legalidad, pero hacía lo opuesto. Empero, supo ser inflexible cuando le eran las circunstancias favorables y mostró ribetes absolutistas apenas pudo sentirse con la seguridad y la fuerza requeridos para ello.
No pretendo constituir el presente artículo en un ensayo de carácter histórico, pero ofrezco los siguientes botones de muestra, para sustentar de manera fehaciente mi juicio: Abandona el seminario, carente de vocación sacerdotal, pero considerando la vida clerical una de las pocas alternativas económicamente viables dada su condición social de indígena (factor determinante en aquella época, ya que de haberse prolongado unos años más el virreinato, Juárez habría sido quizá uno más de esos malos curas bilingües que se caracterizan por su cantidad de barraganas), para en 1834 recibirse de abogado, lo que le ofrecía panoramas más atractivos.
Engendra dos hijos con una mujer humilde a la que pone “casa chica”, pero contrae matrimonio con Margarita Maza, no siendo esto debido a las ideas liberales de su antiguo patrón, sino debido a su condición de hija adoptiva, situación que en aquella época la convertía en mal partido para los jóvenes de la buena sociedad oaxaqueña. Desde aquí es perceptible su moral acomodaticia a la fuerza de los acontecimientos y su nulo interés y preocupación por la suerte de sus hermanos de raza, por los que nunca se interesó en lo más mínimo.
Como secretario del general Antonio de León, firmó una orden dirigida a la legislatura y los ayuntamientos de Oaxaca para que colocaran en sus salas de sesiones “un retrato del general presidente, don Antonio López de Santa Anna, en testimonio de gratitud por los beneficios derramados sobre la patria”, pidiendo tiempo después a los empleados públicos “que llevaran atado al brazo izquierdo un moño negro, sin lustre”, en señal de duelo por el fallecimiento de la primera esposa del dictador. En 1844 lo premiaron haciéndolo Fiscal del Tribunal Superior de Justicia de su entidad.
En 1847 en su carácter de diputado federal, contribuyó con su voto a elegir presidente a Santa Anna. En 1853, desterrado por el santanismo a Nueva Orleáns, hace amistad con Emile La Sere, gerente y accionista de la Lousiana-Tehuantepec Company. Una de las trasnacionales regenteadas por masones, que con el transcurso del tiempo, se convertirían en puntales de su régimen.
Electo gobernador de Oaxaca en 1855, tuvo que pedir prestados cien pesos para comprarse levita y pantalones nuevos, para posteriormente hacerse de un capital que le permitió adquirir casas que salieron a la venta cuando entró en vigor la Ley de Desamortización de Bienes Eclesiásticos.
En 1859 instruyó a Melchor Ocampo para firmar en unión de Robert Mc Lane, accionista de la Lousiana-Tehuantepec Company, el llamado tratado Mc Lane-Ocampo, que pretendía vender a los Estados Unidos la península de Baja California y construir vías férreas en el Istmo de Tehuantepec, pudiendo el gobierno norteamericano pasar libremente sus tropas a través del territorio nacional, si consideraba amenazados sus intereses, corriendo los gastos de la expedición por cuenta (lógicamente para sus apoyadores yanquis) de México.
Decretada en 1860 la expropiación de bienes eclesiásticos, debido a su incapacidad financiera, Juárez aceptó que la venta de bienes de la iglesia apenas había representado a su gobierno un ingreso de un millón de pesos, cuando los beneficios a obtener se estimaban en varios cientos de millones.
En plena Guerra de Reforma, para inclinar el interés norteamericano a su favor, Juárez ofreció a los Estados Unidos los derechos mineros de Baja California, Chihuahua, Sonora y Sinaloa como garantía para obtener un préstamo de cinco millones de dólares pagadero a seis años, que de no saldarse, implicaría que los estados antes mencionados pasarían a dominio absoluto de los norteamericanos. Patriotismo puro ciertamente, ¿verdad?
En noviembre de 1864, utilizando argumentos legaloides se negó a entregar la presidencia de la república al general González Ortega, a quien le correspondía legítimamente en su carácter de Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Por supuesto, el argumento utilizado falazmente por el prócer oaxaqueño fue la protección del interés nacional.
El 29 de marzo de 1865 autorizó a Matías Romero a contratar en territorio norteamericano un ejército de cincuenta mil hombres, que sería mandado por un general de la misma nacionalidad y cuyos gastos serían pagados con “bienes confiscados a los traidores”, para pelear contra los invasores franceses, debido a la rebatiña que existía entre los integrantes del bando republicano.
En septiembre de 1865, Juárez expidió un decreto en el que ordenaba la aprehensión de González Ortega, para impedir que se presentara a reclamar la presidencia. Con ello demostró a cabalidad su espíritu de demócrata a ultranza y su desinterés por perpetuarse a toda costa en el poder.
Extraordinario promotor del nepotismo, Juárez hizo de su yerno, el cubano Pedro Santacilia, su secretario particular y diputado en varias ocasiones, sin que éste pusiera nunca un pie en sus distritos. Curiosamente casó a todas sus hijas con blancos extranjeros o de dicho origen, a quienes favoreció para obtener pingües ganancias. A los hermanos Sánchez Ramos los convirtió en los principales proveedores del Ministerio de Guerra. Nos referimos a los españoles Delfín, esposo de su hija Felícitas, en unión de su hermano José, quien se casaría con su hija María Jesús Juárez.
A su vez, Pedro Contreras Elizalde, yucateco de ascendencia española, casado con su hija Margarita, fue diputado y obtuvo un alto puesto en la comisión encargada de reorganizar la educación pública, Ignacio Luchichi de ascendencia italiana casó con su hija Soledad, Eduardo Dublán, oaxaqueño de ascendencia francesa hizo lo propio con su hija Josefa y hasta Benito contrajo matrimonio con la francesa María Klerian. En todos los casos precedentes, las bodas religiosas se llevaron a cabo en secreto, pues Juárez era un destacado masón, que tuvo como nombre iniciático el de Guillermo Tell.
Cabe mencionar que como obra material importante, la administración Juárez (post imperial se entiende) sólo tuvo mandar construir cinco mil kilómetros de líneas telegráficas, y aunque decretó la educación primaria gratuita y obligatoria, no construyó escuelas ni adiestró maestros para instruir a millones de analfabetos. Es decir, igual pudo haber decretado abolir la pobreza o alguna otra aberración jurídica de semejante jaez y envergadura.
En octubre de 1871, con las chapuzas de costumbre, se reeligió Juárez y su ejército sofocó con cierta dificultad la revuelta que encabezó Porfirio Díaz. Muerto en julio de 1872, tras catorce años y medio de gobierno (Santa Anna no llegó ni a seis juntando todos sus períodos), dejó una herencia de 151,233.81 pesos, equivalente a varios millones de dólares actuales.
Como se desprende de todo lo anterior, Juárez fue un político muy “vivo”, que en vez de adecentar el ejercicio político de su tiempo, manejó siempre un discurso doble, que heredó posteriormente a los regímenes venideros.
Este es el prohombre y el prócer modelo de probidad y rectitud a quien desean emular tantos de nuestros políticos actuales que le rinden servil pleitesía. Cabe destacar que no priva en mí otro objetivo que no sea poner las cosas en su sitio, que la historia nacional no sea más un compendio de historias a modo y medias verdades escritas por los vencedores y por los espíritus timoratos acreedores a embutes y tortivales intelectuales que tanto daño han hecho ya con sus embustes.
Me pregunto: ¿necesita México otro Juárez hoy día? Considero que nuestra patria es digna de mejor suerte. No podemos vivir más en un México de mentiras y embustes populistas donde los gobernantes se enriquecen con impunidad mientras blasonan la bandera del bien común. Baldón para Juárez y para todos los políticos que dicen una cosa y hacen otra. El basurero de la historia debía ser su destino. No merecen otra cosa.

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